Port de la Selva
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Ejemplos de moneda municipal :
Cf. La Bilogía del Dinero
 (Prittwitz 2026).

Un pueblo sin 
dinero.

Reportaje publicado por la revista Estampa en 1934 bajo el llamativo título: 

 “Un pueblo catalán donde está abolido el dinero y donde todo es de todos”.

https://www.billetesmunicipales.com/monedasPortSelva
Ejemplos de moneda municipal cf. : La Bilogía del Dinero (Prittwitz 2026)

Reproducimos estas monedas aqui en la web aunque no solemos incluir monedas entre los billetes. El descubrimiento del artículo sobre dinero de la época resulta especialmente interesante porque está fechado dos años antes del estallido de la Guerra Civil española.(1934). Es decir, antecede a la aparición de los billetes municipales y a muchas de las experiencias monetarias alternativas que se desarrollarían posteriormente. El artículo describe la singular experiencia de Port de la Selva, una pequeña localidad pesquera de la costa mediterránea gerundense. Para mayor información lean el libro o contacten con wilvonprittwitz@madrid.uned.es

Ejemplos de moneda municipal cf. : La Bilogía del Dinero (Prittwitz 2026)

Entre los hallazgos más sorprendentes que puede encontrar un investigador de historia monetaria figura este reportaje publicado en la revista Estampa en 1934 por el periodista Juan Guixé bajo un título tan provocador como sugerente: “Un pueblo donde está abolido el dinero y donde todo es de todos”.

El documento resulta especialmente valioso porque fue escrito dos años antes del estallido de la Guerra Civil española, es decir, antes de la aparición de los billetes municipales y de muchas experiencias monetarias alternativas que surgirían posteriormente. Su protagonista era Port de la Selva, una pequeña localidad pesquera de la costa gerundense donde se había desarrollado una singular organización económica basada en la cooperación comunitaria.

La historia del pueblo está profundamente vinculada a una tradición colectiva de ayuda mutua. Ya en 1888, el músico Celestí Sadurní había popularizado en Cataluña el poema coral La Almadrava de Port de la Selva, inspirado en una costumbre local que simbolizaba la solidaridad entre vecinos. El municipio poseía una enorme red para la pesca del atún que se conservaba en la iglesia. Cuando los vigías anunciaban la llegada de los bancos de atunes, toda la población acudía a colaborar en la captura. Posteriormente, el pescado se repartía entre los habitantes. Aquella gran red constituía, en esencia, un bien comunal gestionado colectivamente por la comunidad.

Sin embargo, lo más interesante no era esa tradición ancestral, sino la evolución de aquel espíritu cooperativo hacia una forma de organización económica y social que ya en 1934 era considerada excepcional.
https://www.billetesmunicipales.com/20260713_073434[1]sml

Quien llegaba a Port de la Selva en los años treinta encontraba un panorama inesperado. A pesar de tratarse de una población marinera y rural, alejada de los grandes centros urbanos, observaba un pueblo limpio, ordenado y próspero. Sus habitantes aparecían bien vestidos, gozaban de buena salud y transmitían una marcada confianza en el futuro.

Juan Guixé se preguntaba si aquella comunidad conocía los problemas que afectaban a gran parte de la España de su tiempo: el hambre, la miseria y la desigualdad extrema. Su respuesta era clara. Según el reportaje, no existían indigentes ni una separación evidente entre ricos y pobres. Tampoco había grandes fortunas. Los vecinos vivían con una seguridad económica poco común para la época. Como escribió el propio periodista, eran personas «ni ricas ni pobres, ni envidiosas ni envidiadas».

La clave de aquella situación residía en una institución fundamental: el Pósito de Pescadores. Fundado por Evaristo Santalla en 1919, contaba en 1929 con 462 socios varones y 120 mujeres inscritas. Su capital superaba las 202.000 pesetas, una cifra considerable para aquellos años.

El pósito desempeñaba una intensa labor de previsión social y ayuda mutua. En un solo ejercicio había destinado cerca de 5.000 pesetas a subsidios para pescadores enfermos y amortizado una deuda de 35.000 pesetas con la Caja Central. Pero su función iba mucho más allá de la asistencia social. A través de la cooperativa, los pescadores adquirían a precio de coste embarcaciones, redes, aparejos, cabos, anzuelos, cebos, brújulas, ropa impermeable, pintura y todo tipo de suministros necesarios para desarrollar su actividad.

La cooperación entre el pósito y el ayuntamiento era tan estrecha que prácticamente toda la población participaba en el sistema. Lo que inicialmente había nacido como un mecanismo para proteger a los pescadores frente a intermediarios, usureros y prestamistas terminó extendiéndose a gran parte de la vida económica local.

Con el tiempo, la cooperativa comenzó también a distribuir bienes de consumo y acabó desplazando buena parte del comercio tradicional. El café del pueblo pertenecía al pósito. También el hotel, el teatro y la sala de fiestas. Incluso el molino de aceite había sido construido por los propios pescadores y era de propiedad colectiva. Alimentos, ropa, calzado, jabón y otros productos básicos se adquirían a través de la cooperativa de consumo, cuyas ventas alcanzaban aproximadamente las 600 pesetas diarias.

Además, la comunidad disponía de una moneda propia destinada a facilitar los intercambios locales.

El reportaje señalaba asimismo una peculiaridad que llamó la atención del periodista: en Port de la Selva no existían tabernas. Según su interpretación, el bienestar económico y la organización cooperativa habían eliminado buena parte de las circunstancias sociales que tradicionalmente favorecían su proliferación como centros de reunión, negociación o endeudamiento.


Las ambiciones de la comunidad iban todavía más lejos. Los pescadores proyectaban adquirir una isla donde desarrollar una industria de salazón y conservación de pescado para controlar toda la cadena productiva. Del mismo modo, trabajaban para mejorar la producción y transformación del vino y del aceite, actividades fundamentales para la economía local.

Gracias a este modelo cooperativo, muchos de los problemas que preocupaban al resto de la sociedad parecían mitigados. Los habitantes disponían de mecanismos de protección económica desde el nacimiento hasta la vejez. Los enfermos recibían prestaciones, los ancianos contaban con ayudas y los desempleados tenían derecho a subsidios. Cuando el Estado implantó seguros obligatorios para pescadores sin trabajo, Port de la Selva ya disponía de un sistema propio que garantizaba prestaciones equivalentes al 50 % del salario.

La educación también ocupaba un lugar central. El pueblo mantenía una excelente escuela financiada por el pósito, reflejando una visión del bienestar que no se limitaba a la renta o al consumo, sino que incluía la formación de las futuras generaciones.

A juicio de Juan Guixé, los marineros de Port de la Selva habían trasladado a la organización económica la misma capacidad de coordinación y resiliencia que les permitía enfrentarse a las dificultades del Mediterráneo. Sin embargo, identificaba una cuestión todavía pendiente: la incorporación de la mujer al mercado laboral. Por ello, tanto las autoridades como los responsables de la cooperativa impulsaban la instalación de una fábrica que generara empleo femenino y proporcionara ingresos propios a las mujeres del municipio.

Llegados a este punto, surge una pregunta inevitable: ¿realmente había desaparecido el dinero?

La respuesta es no. Los habitantes de Port de la Selva utilizaban las pesetas emitidas por el Banco de España, pero también contaban con una moneda propia gestionada por la comunidad. Como muestran los ejemplares conservados, circulaban discos monetarios emitidos por el pósito que facilitaban las transacciones dentro de la economía local.

Port de la Selva no fue un caso aislado. Otras cooperativas, pósitos de pescadores y sociedades obreras de localidades como L'Escala, Palamós, Palafrugell o Sant Feliu de Guíxols también emplearon fichas y monedas comunitarias en sus intercambios internos. Sin embargo, lo que hacía excepcional a Port de la Selva era que la moneda constituía apenas una pieza de un sistema mucho más amplio que integraba producción, consumo, asistencia social, educación y empleo.

Cuando la moneda oficial resultaba insuficiente, estas comunidades recurrían a instrumentos complementarios basados en el crédito, la confianza y la ayuda mutua. En última instancia, cumplían la misma función esencial que cualquier forma de dinero: facilitar intercambios respaldados por la confianza de quienes los utilizan.

Los pósitos desempeñaron un papel decisivo en la difusión de estas monedas comunitarias. No eran simples asociaciones profesionales de pescadores, sino auténticas instituciones de crédito, previsión social y cooperación económica. Al emitir fichas o monedas propias, facilitaban el intercambio local, reducían la dependencia de la banca y de los prestamistas privados y fortalecían la actividad económica de sus socios. La confianza que respaldaba esos medios de pago no procedía principalmente del Estado, sino de la solvencia productiva de la propia comunidad.

Desde la perspectiva de la biología del dinero, estos sistemas pueden interpretarse como estructuras monetarias surgidas desde la base de la sociedad. La moneda no nacía de una autoridad distante, sino de las relaciones económicas reales entre personas que producían, intercambiaban y consumían dentro de una misma red social. En la taxonomía propuesta en este libro, se trataría de un modelo bottom-up: una comunidad local que desarrolla sus propios instrumentos monetarios para resolver necesidades concretas.

La confianza circula primero en círculos reducidos, como la familia, el oficio, la cooperativa o el pósito, y puede expandirse gradualmente hacia estructuras de mayor escala. Del mismo modo que las células forman tejidos y estos constituyen órganos y organismos completos, las comunidades monetarias pueden integrarse en redes cada vez más amplias sin perder su conexión con la economía real. Port de la Selva, junto con numerosos ejemplos de Cataluña, Galicia o Asturias, demuestra que el dinero puede surgir y evolucionar de manera orgánica a partir de relaciones de cooperación preexistentes.

En realidad, lo más fascinante del reportaje de 1934 quizá no sea la moneda comunitaria, sino lo que revela acerca de la naturaleza de la cooperación humana.

Leído desde el presente, el artículo parece una ventana a una forma de organización social anterior a Internet, pero basada igualmente en redes. No redes digitales construidas mediante algoritmos y fibra óptica, sino redes humanas formadas por parentesco, amistad, reputación, reciprocidad y memoria compartida.

Cada vecino era un nodo.

Cada favor, una transacción.

Cada compromiso, una forma de contrato.

Cada familia, una pequeña institución económica.

La cooperación no viajaba por cables ni plataformas digitales. Circulaba directamente entre personas.

Cuando Juan Guixé observaba Port de la Selva, en realidad estaba contemplando una tecnología mucho más antigua que el dinero: la confianza.

La historia económica suele explicar que el dinero surgió para resolver las limitaciones del trueque. Es cierto. Pero la biología permite ir un paso más atrás. Antes del dinero existía la cooperación. Antes de las monedas existía la necesidad de convivir. Antes de los bancos existían grupos humanos obligados a colaborar para sobrevivir.

Desde esta perspectiva, el caso de Port de la Selva puede entenderse como una adaptación moderna de mecanismos muy antiguos de organización social.

Durante milenios, la familia fue probablemente el sistema cooperativo más eficaz creado por la humanidad. Padres, abuelos y bisabuelos tomaban decisiones pensando en varias generaciones futuras. La unidad económica fundamental no era el individuo, sino el linaje. Ninguna corporación, ministerio o banco ha igualado completamente esa capacidad de planificación intergeneracional.

La invención del dinero amplió de forma extraordinaria la escala de la cooperación. Permitió comerciar con desconocidos, coordinar millones de personas y construir sociedades cada vez más complejas. Sin embargo, a medida que la cooperación se volvió más impersonal, algunos vínculos comunitarios tradicionales se fueron debilitando.

La antigua red familiar y vecinal ha dado paso progresivamente a una sociedad de individuos conectados digitalmente. Las comunidades físicas han cedido espacio a comunidades virtuales. Los vecinos se han transformado en contactos. La plaza del pueblo ha sido sustituida por la pantalla. La conversación, por la notificación.

Y, sin embargo, el problema fundamental sigue siendo el mismo: cómo cooperar.

Lo único que ha cambiado es el medio.

En 1934 la gran preocupación económica era el pauperismo. Gran parte de Europa convivía con la pobreza, la inseguridad material y el temor constante a la escasez. La cuestión central consistía en obtener suficiente trabajo, suficiente alimento y suficiente dinero para sobrevivir.

La evolución monetaria y económica fue tan extraordinariamente exitosa que, en buena parte del mundo desarrollado, nos ha acercado a un problema diferente.

John Maynard Keynes lo anticipó durante una conferencia pronunciada en Madrid:

«Hemos sido expresamente creados por la naturaleza con todos nuestros impulsos y nuestros instintos más profundos con el fin de resolver el problema económico». Si este problema se resolviera, la humanidad se vería privada de su finalidad tradicional. Por primera vez desde su creación, el hombre se enfrentará al que es su problema real y permanente: cómo utilizar su libertad respecto a las preocupaciones económicas más apremiantes, cómo ocupar su ocio, que la ciencia y el interés compuesto le habrán ganado para vivir sabiamente y agradablemente».

La observación resulta hoy incluso más relevante que cuando fue formulada. Tras siglos luchando contra la escasez, una parte importante de la humanidad se enfrenta a los desafíos derivados de la abundancia. El problema ya no consiste únicamente en producir más, sino en decidir para qué.

Vista desde la larga evolución del dinero, la transformación es notable:

  • De la malnutrición a la obesidad.
  • Del pauperismo a la sobreabundancia.
  • De la escasez de bienes a la saturación de estímulos.
  • De la falta de información al exceso de información.
  • De las aldeas aisladas a los inmensos mundos virtuales donde millones de personas permanecen conectadas y, paradójicamente, a menudo se sienten solas.

Por eso la historia de Port de la Selva sigue resultando tan actual. No porque ofrezca una receta para el futuro, sino porque recuerda una realidad permanente: detrás de cualquier moneda, banco, mercado, aplicación financiera o red digital, la auténtica riqueza continúa dependiendo de la capacidad humana para cooperar.

La mayoría de los economistas afirman que el dinero surgió para resolver el problema del trueque. Es una explicación correcta, pero incompleta.

La cooperación apareció primero.

Después surgió la necesidad de contabilizarla.

Y solo mucho más tarde nació el dinero.

Quizá por eso experiencias como la de Port de la Selva siguen despertando tanto interés. Nos recuerdan que, bajo las capas de monedas, billetes, tarjetas, aplicaciones bancarias, criptomonedas y mercados financieros, continúa funcionando una antigua maquinaria evolutiva diseñada para colaborar.

La misma maquinaria que permitió construir aldeas, ciudades y civilizaciones. Y que, en última instancia, sigue sosteniendo cualquier sistema monetario.

Dr. W.v. Prittwitz

www.BilletesMunicipales.com

Wilvonprittwitz@madrid.uned.es





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