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Port de la Selva
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Álbum fotográfico
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Ejemplos de moneda municipal : El documento resulta especialmente
valioso porque fue escrito dos años antes del estallido de la Guerra Civil
española, es decir, antes de la aparición de los billetes municipales y de
muchas experiencias monetarias alternativas que surgirían posteriormente.
Su protagonista era Port de la Selva, una pequeña localidad pesquera de la
costa gerundense donde se había desarrollado una singular organización
económica basada en la cooperación comunitaria. La historia del pueblo está profundamente vinculada a una tradición colectiva de ayuda mutua. Ya en 1888,
el músico Celestí Sadurní había popularizado en Cataluña el poema coral La
Almadrava de Port de la Selva, inspirado en una costumbre local que
simbolizaba la solidaridad entre vecinos. El municipio poseía una enorme red
para la pesca del atún que se conservaba en la iglesia. Cuando los vigías
anunciaban la llegada de los bancos de atunes, toda la población acudía a
colaborar en la captura. Posteriormente, el pescado se repartía entre los
habitantes. Aquella gran red constituía, en esencia, un bien comunal gestionado
colectivamente por la comunidad. Sin embargo, lo más interesante no
era esa tradición ancestral, sino la evolución de aquel espíritu cooperativo
hacia una forma de organización económica y social que ya en 1934 era
considerada excepcional. Quien llegaba a Port de la Selva en
los años treinta encontraba un panorama inesperado. A pesar de tratarse de una
población marinera y rural, alejada de los grandes centros urbanos, observaba
un pueblo limpio, ordenado y próspero. Sus habitantes aparecían bien vestidos,
gozaban de buena salud y transmitían una marcada confianza en el futuro. Juan Guixé se preguntaba si aquella
comunidad conocía los problemas que afectaban a gran parte de la España de su
tiempo: el hambre, la miseria y la desigualdad extrema. Su respuesta era clara.
Según el reportaje, no existían indigentes ni una separación evidente entre
ricos y pobres. Tampoco había grandes fortunas. Los vecinos vivían con una
seguridad económica poco común para la época. Como escribió el propio
periodista, eran personas «ni ricas ni pobres, ni envidiosas ni envidiadas». La clave de aquella situación
residía en una institución fundamental: el Pósito de Pescadores. Fundado por
Evaristo Santalla en 1919, contaba en 1929 con 462 socios varones y 120 mujeres
inscritas. Su capital superaba las 202.000 pesetas, una cifra considerable para
aquellos años. El pósito desempeñaba una intensa
labor de previsión social y ayuda mutua. En un solo ejercicio había destinado
cerca de 5.000 pesetas a subsidios para pescadores enfermos y amortizado una
deuda de 35.000 pesetas con la Caja Central. Pero su función iba mucho más allá
de la asistencia social. A través de la cooperativa, los pescadores adquirían a
precio de coste embarcaciones, redes, aparejos, cabos, anzuelos, cebos,
brújulas, ropa impermeable, pintura y todo tipo de suministros necesarios para
desarrollar su actividad. La cooperación entre el pósito y el
ayuntamiento era tan estrecha que prácticamente toda la población participaba
en el sistema. Lo que inicialmente había nacido como un mecanismo para proteger
a los pescadores frente a intermediarios, usureros y prestamistas terminó
extendiéndose a gran parte de la vida económica local. Con el tiempo, la cooperativa
comenzó también a distribuir bienes de consumo y acabó desplazando buena parte
del comercio tradicional. El café del pueblo pertenecía al pósito. También el
hotel, el teatro y la sala de fiestas. Incluso el molino de aceite había sido
construido por los propios pescadores y era de propiedad colectiva. Alimentos,
ropa, calzado, jabón y otros productos básicos se adquirían a través de la
cooperativa de consumo, cuyas ventas alcanzaban aproximadamente las 600 pesetas
diarias. Además, la comunidad disponía de una
moneda propia destinada a facilitar los intercambios locales. El reportaje señalaba asimismo una
peculiaridad que llamó la atención del periodista: en Port de la Selva no
existían tabernas. Según su interpretación, el bienestar económico y la
organización cooperativa habían eliminado buena parte de las circunstancias
sociales que tradicionalmente favorecían su proliferación como centros de
reunión, negociación o endeudamiento. Las ambiciones de la comunidad iban
todavía más lejos. Los pescadores proyectaban adquirir una isla donde
desarrollar una industria de salazón y conservación de pescado para controlar
toda la cadena productiva. Del mismo modo, trabajaban para mejorar la producción
y transformación del vino y del aceite, actividades fundamentales para la
economía local. Gracias a este modelo cooperativo,
muchos de los problemas que preocupaban al resto de la sociedad parecían
mitigados. Los habitantes disponían de mecanismos de protección económica desde
el nacimiento hasta la vejez. Los enfermos recibían prestaciones, los ancianos
contaban con ayudas y los desempleados tenían derecho a subsidios. Cuando el
Estado implantó seguros obligatorios para pescadores sin trabajo, Port de la
Selva ya disponía de un sistema propio que garantizaba prestaciones
equivalentes al 50 % del salario. La educación también ocupaba un
lugar central. El pueblo mantenía una excelente escuela financiada por el
pósito, reflejando una visión del bienestar que no se limitaba a la renta o al
consumo, sino que incluía la formación de las futuras generaciones. A juicio de Juan Guixé, los
marineros de Port de la Selva habían trasladado a la organización económica la
misma capacidad de coordinación y resiliencia que les permitía enfrentarse a
las dificultades del Mediterráneo. Sin embargo, identificaba una cuestión
todavía pendiente: la incorporación de la mujer al mercado laboral. Por ello,
tanto las autoridades como los responsables de la cooperativa impulsaban la
instalación de una fábrica que generara empleo femenino y proporcionara
ingresos propios a las mujeres del municipio. Llegados a este punto, surge una
pregunta inevitable: ¿realmente había desaparecido el dinero? La respuesta es no. Los habitantes
de Port de la Selva utilizaban las pesetas emitidas por el Banco de España,
pero también contaban con una moneda propia gestionada por la comunidad. Como
muestran los ejemplares conservados, circulaban discos monetarios emitidos por
el pósito que facilitaban las transacciones dentro de la economía local. Port de la Selva no fue un caso
aislado. Otras cooperativas, pósitos de pescadores y sociedades obreras de
localidades como L'Escala, Palamós, Palafrugell o Sant Feliu de Guíxols también
emplearon fichas y monedas comunitarias en sus intercambios internos. Sin
embargo, lo que hacía excepcional a Port de la Selva era que la moneda
constituía apenas una pieza de un sistema mucho más amplio que integraba
producción, consumo, asistencia social, educación y empleo. Cuando la moneda oficial resultaba
insuficiente, estas comunidades recurrían a instrumentos complementarios
basados en el crédito, la confianza y la ayuda mutua. En última instancia,
cumplían la misma función esencial que cualquier forma de dinero: facilitar
intercambios respaldados por la confianza de quienes los utilizan. Los pósitos desempeñaron un papel
decisivo en la difusión de estas monedas comunitarias. No eran simples
asociaciones profesionales de pescadores, sino auténticas instituciones de
crédito, previsión social y cooperación económica. Al emitir fichas o monedas
propias, facilitaban el intercambio local, reducían la dependencia de la banca y
de los prestamistas privados y fortalecían la actividad económica de sus
socios. La confianza que respaldaba esos medios de pago no procedía
principalmente del Estado, sino de la solvencia productiva de la propia comunidad. Desde la perspectiva de la biología
del dinero, estos sistemas pueden interpretarse como estructuras monetarias
surgidas desde la base de la sociedad. La moneda no nacía de una autoridad
distante, sino de las relaciones económicas reales entre personas que
producían, intercambiaban y consumían dentro de una misma red social. En la
taxonomía propuesta en este libro, se trataría de un modelo bottom-up:
una comunidad local que desarrolla sus propios instrumentos monetarios para
resolver necesidades concretas. La confianza circula primero en
círculos reducidos, como la familia, el oficio, la cooperativa o el pósito, y
puede expandirse gradualmente hacia estructuras de mayor escala. Del mismo modo
que las células forman tejidos y estos constituyen órganos y organismos
completos, las comunidades monetarias pueden integrarse en redes cada vez más
amplias sin perder su conexión con la economía real. Port de la Selva, junto
con numerosos ejemplos de Cataluña, Galicia o Asturias, demuestra que el dinero
puede surgir y evolucionar de manera orgánica a partir de relaciones de
cooperación preexistentes. En realidad, lo más fascinante del
reportaje de 1934 quizá no sea la moneda comunitaria, sino lo que revela acerca
de la naturaleza de la cooperación humana. Leído desde el presente, el artículo
parece una ventana a una forma de organización social anterior a Internet, pero
basada igualmente en redes. No redes digitales construidas mediante algoritmos
y fibra óptica, sino redes humanas formadas por parentesco, amistad,
reputación, reciprocidad y memoria compartida. Cada vecino era un nodo. Cada favor, una transacción. Cada compromiso, una forma de
contrato. Cada familia, una pequeña
institución económica. La cooperación no viajaba por cables
ni plataformas digitales. Circulaba directamente entre personas. Cuando Juan Guixé observaba Port de
la Selva, en realidad estaba contemplando una tecnología mucho más antigua que
el dinero: la confianza. La historia económica suele explicar
que el dinero surgió para resolver las limitaciones del trueque. Es cierto.
Pero la biología permite ir un paso más atrás. Antes del dinero existía la
cooperación. Antes de las monedas existía la necesidad de convivir. Antes de
los bancos existían grupos humanos obligados a colaborar para sobrevivir. Desde esta perspectiva, el caso de
Port de la Selva puede entenderse como una adaptación moderna de mecanismos muy
antiguos de organización social. Durante milenios, la familia fue
probablemente el sistema cooperativo más eficaz creado por la humanidad.
Padres, abuelos y bisabuelos tomaban decisiones pensando en varias generaciones
futuras. La unidad económica fundamental no era el individuo, sino el linaje.
Ninguna corporación, ministerio o banco ha igualado completamente esa capacidad
de planificación intergeneracional. La invención del dinero amplió de
forma extraordinaria la escala de la cooperación. Permitió comerciar con
desconocidos, coordinar millones de personas y construir sociedades cada vez
más complejas. Sin embargo, a medida que la cooperación se volvió más impersonal,
algunos vínculos comunitarios tradicionales se fueron debilitando. La antigua red familiar y vecinal ha
dado paso progresivamente a una sociedad de individuos conectados digitalmente.
Las comunidades físicas han cedido espacio a comunidades virtuales. Los vecinos
se han transformado en contactos. La plaza del pueblo ha sido sustituida por la
pantalla. La conversación, por la notificación. Y, sin embargo, el problema
fundamental sigue siendo el mismo: cómo cooperar. Lo único que ha cambiado es el
medio. En 1934 la gran preocupación
económica era el pauperismo. Gran parte de Europa convivía con la pobreza, la
inseguridad material y el temor constante a la escasez. La cuestión central
consistía en obtener suficiente trabajo, suficiente alimento y suficiente
dinero para sobrevivir. La evolución monetaria y económica
fue tan extraordinariamente exitosa que, en buena parte del mundo desarrollado,
nos ha acercado a un problema diferente. John Maynard Keynes lo anticipó
durante una conferencia pronunciada en Madrid: «Hemos sido expresamente creados por
la naturaleza con todos nuestros impulsos y nuestros instintos más profundos
con el fin de resolver el problema económico». Si este problema se resolviera, la
humanidad se vería privada de su finalidad tradicional. Por primera vez desde
su creación, el hombre se enfrentará al que es su problema real y permanente:
cómo utilizar su libertad respecto a las preocupaciones económicas más
apremiantes, cómo ocupar su ocio, que la ciencia y el interés compuesto le
habrán ganado para vivir sabiamente y agradablemente». La observación resulta hoy incluso
más relevante que cuando fue formulada. Tras siglos luchando contra la escasez,
una parte importante de la humanidad se enfrenta a los desafíos derivados de la
abundancia. El problema ya no consiste únicamente en producir más, sino en
decidir para qué. Vista desde la larga evolución del
dinero, la transformación es notable:
Por eso la historia de Port de la
Selva sigue resultando tan actual. No porque ofrezca una receta para el futuro,
sino porque recuerda una realidad permanente: detrás de cualquier moneda,
banco, mercado, aplicación financiera o red digital, la auténtica riqueza continúa dependiendo de la capacidad humana para cooperar. La mayoría de los economistas
afirman que el dinero surgió para resolver el problema del trueque. Es una
explicación correcta, pero incompleta. La cooperación apareció primero. Después surgió la necesidad de
contabilizarla. Y solo mucho más tarde nació el
dinero. Quizá por eso experiencias como la
de Port de la Selva siguen despertando tanto interés. Nos recuerdan que, bajo
las capas de monedas, billetes, tarjetas, aplicaciones bancarias, criptomonedas
y mercados financieros, continúa funcionando una antigua maquinaria evolutiva
diseñada para colaborar. La misma maquinaria que permitió
construir aldeas, ciudades y civilizaciones. Y que, en última instancia, sigue
sosteniendo cualquier sistema monetario. Dr. W.v.
Prittwitz Wilvonprittwitz@madrid.uned.es |
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